Otra vez la historia de siempre. Vuelven los bombardeos en el sur de Gaza y en Beirut. Vuelve el silencio cómplice de la comunidad internacional.
En 1996, la operación “Uvas de la ira” causó más de 200 muertos en 17 días de acoso y derribo al Líbano. Yo en aquellos días estaba en la universidad y me empapé (por obligación) a fondo sobre el conflicto. Hoy veo que diez años después poco o nada ha cambiado. El conflicto es muy complejo, con varios actores y muchos intereses. Líbano es una especie de estado irreal, manejado primero por la ocupación siria y luego por el enorme peso militar, económico y estratégico de Irán en el sur del país, el lugar donde Hizbulá maneja los hilos y no precisamente de forma muy democrática.
Esta vez, en represalia a los bombardeos Israelíes, Hizbulá ha disparado una serie de cohetes contra ciudades del norte de Israel. Resultado a día de hoy: 65 muertos y 150 heridos en el Líbano, 2 en Israel. Así de incomprensibles e injustas son siempre las cifras de esta masacre. Pero Israel no entiende de injusticias. Se fueron del sur de Líbano, lugar que ocuparon durante veinte años a base de dolor, y cada poco vuelven para recordar que están ahí, a la espera, agazapados, preparados para recuperar lo que nunca debió de ser suyo. Hoy han apuntado hacía Damasco, otro de sus eternos objetivos. Y el resto del mundo calla, nadie dice nada, se respetan las masacres, los bombardeos, los “ataques selectivos”, los muros de la vergüenza. Sus fronteras son y serán (si respetamos la legalidad de la ONU) las anteriores a 1967, pero Israel no entiende de legalidad o moralidad. Esta vez la excusa es el secuestro de dos soldados, mañana será otra cualquiera. Mientras Palestina se desangra.
En resumen, un eterno embrollo que termina siempre con los mismos damnificados. ¿Quienes?. Los civiles del sur del Líbano y los habitantes de Gaza, casualmente los más pobres de la región.